CATÁLOGO

Tomás de Zumalacárregui – 1834

87,00

Figura para montar y pintar
Ref.: 11 – GE
Peso: 240 grs.
Material: Metal blanco
Nº de piezas: 15
Reseña histórica:

Tomás de Zumalacárregui Imaz; Ormáiztegui, Guipúzcoa, 1788 – Cegama, Guipúzcoa, 1835. Militar español. Participó como voluntario en la guerra de Independencia, al término de la cual alcanzó el grado de capitán. Partidario del absolutismo, en 1823 formó parte del organismo militar encargado de reprimir los delitos políticos. En 1829, con el grado de coronel, fue gobernador militar de El Ferrol, pero, implicado en los sucesos de La Granja, se le acusó de desafecto y perdió el cargo. Tras la muerte de Fernando VII (1833) se unió a las fuerzas carlistas; fue nombrado comandante general interino de Navarra y pasó a dirigir un potente ejército. En un principio basó sus acciones en la lucha guerrillera, rehuyendo las batallas a campo abierto, pero en los últimos meses de 1834 aceptó combates directos, que se saldaron con importantes victorias. Extendió su dominio a toda Navarra y pasó a luchar contra los liberales en Vizcaya y Guipúzcoa. Zumalacárregui pretendía tomar Vitoria y marchar sobre Madrid, pero don Carlos le ordenó atacar Bilbao; murió a consecuencia de una herida sufrida en el asedio a esta ciudad.

En las luchas políticas del reinado de Fernando VII se significó por su postura antiliberal, colaboró con los realistas y fue ascendido a coronel. Cuando se planteó el pleito sucesorio al morir el monarca, Zumalacárregui participó desde Pamplona en el levantamiento de los reaccionarios que apoyaban al infante Carlos María Isidro en defensa del absolutismo monárquico (1833).

Fracasado el pronunciamiento en la ciudad, Zumalacárregui se retiró al interior de la provincia, en donde unificó a las fuerzas carlistas navarras y organizó uno de los contingentes más eficaces del ejército rebelde. Durante la Primera Guerra Carlista que entonces se inició (1833-40), don Carlos le confió el mando de sus fuerzas en Navarra y le ascendió a general. Se resistió a todos los intentos de atraerle hacia el bando de Isabel II, por parte de su propio hermano Miguel y de su antiguo jefe, el general Quesada.

Consciente de su inferioridad numérica y armamentística, Zumalacárregui reprodujo la táctica guerrillera que conocía desde la Guerra de la Independencia, amparándose en lo accidentado del relieve y en el apoyo de gran parte de la población civil. Fue muy popular entre sus tropas (que le apodaban el tío Tomás), pero no dudó en mostrarse cruel en la represión de los liberales ni en emplear el terror para mantener controlado el territorio.

Durante el año 1834 se sucedieron las victorias en pequeñas escaramuzas (como las batallas de Alegría y las Amézcoas), hasta el punto de provocar la dimisión de Rodil en el mando del ejército enemigo. Animado por esos éxitos y por la necesidad de conseguir dinero y apoyos internacionales, don Carlos le ordenó al año siguiente tomar Bilbao, a pesar de la opinión contraria de Zumalacárregui (que hubiera preferido atacar Vitoria).

La operación comenzó con éxito, al abrirse paso la marcha hacia Bilbao venciendo a Espartero en Durango. Luego, ya dueño de la mayor parte de las Provincias Vascongadas, puso sitio a la capital vizcaína; pero, en su empeño por reconocer personalmente las fortificaciones enemigas y las posiciones de sus hombres, resultó alcanzado por un disparo del ejército que defendía Bilbao.

Herido en una pierna, Zumalacárregui se trasladó a su pueblo para ponerse en manos de un curandero de su confianza y murió, probablemente de septicemia. El ejército carlista perdió así a su militar más prestigioso, debilitándose notablemente sus posibilidades de éxito en la contienda y abriéndose en su seno fuertes disensiones políticas. Con él desapareció no sólo el principal ariete por la causa del infante, lo que influiría de modo decisivo en el desarrollo de la Primera Guerra Carlista; lo hizo también un tipo de héroe o caudillo profundamente identificado con el pueblo llano, tal y como lo retrató Galdós en uno de sus más célebres Episodios Nacionales.

Cuentan las crónicas la gran sobriedad con que vestía Zumalacárregui. La figura viste el sencillo uniforme de general en verano, casaca sin bordados y pantalón blanco con galón dorado. Se toca con la tradicional chapela vasca de las tropas carlistas. Sobre el pecho, en el lado izquierdo lleva la Cruz de la Real y Militar Orden de San Fernando.


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